Morir de pena, de amor

morir de pena, de amor

Morir de pena, de amor es un sentimiento de angustia y tristeza que comienza a sentir una persona cuando se entera de que otra persona con un vínculo muy afectivo ha fallecido.

El primer curso de socorrismo y primeros auxilios que realicé fue en Cruz Roja. Este curso se denominaba Sistema Multimedio. Estaba orientado a los jóvenes como un medio de introducción a Cruz Roja.

Poco tiempo después realicé en Cruz Roja el curso de socorrismo y primeros auxilios. No fue un curso tan demostrativo y tan lleno de prácticas como el anterior pero en él oí por primera  vez una frase o expresión que me llamó mucho la atención: “morir de pena, de amor”.

En sucesivos cursos seguía oyendo morir de pena, de amor, hasta que me di cuenta de lo que quería significar y es que en la primera lección que se enseña en los citados cursos es la norma básica de actuación del socorrista. Esta norma básica o decálogo del socorrista tiene 10 puntos que a continuación explico.

El primer punto dice que ante una actuación el socorrista debe aplicar la regla del   P A S. Estas siglas significan P (proteger), A (alertar), S (socorrer).

Proteger el lugar del accidente para evitar que se produzcan nuevos accidentes en ese mismo lugar y así poder evitar poner en riesgo su vida y la de otras personas que transiten por ese mismo lugar. ¿Cómo se hace esto? Muy sencillo, señalizando la zona con los triángulos de emergencia si ha ocurrido en la carretera, por ejemplo.

Una vez protegido el lugar del accidente o cuando se está protegiendo se avisa a los servicios de emergencia, en este caso al número de teléfono 112, indicando el sitio exacto donde se ha producido el accidente, el número de personas que se han visto involucradas y la gravedad que tengan.

Se comienza a auxiliar, socorrer, a los accidentados, si hubiese más de uno, siguiendo  la pauta de que el primero es al que no respira, después al que tenga una hemorragia y a continuación al fracturado para terminar con el que grita o chilla.

Esta regla del P A S  la podrá realizar si cuando actúa, que siempre será con rapidez y con decisión, lo hace con tranquilidad, con serenidad, dominando la situación.

Si quiere que los servicios de emergencia (112) acudan con la mayor prontitud deberá hacer una composición del lugar, sin impresionarse, examinando la situación, dirigir a quienes quieren ayudar y apartando a los curiosos.

No moverá innecesariamente al accidentado puesto que le ocasionaría más dolor y podría agravar sus lesiones, dejando al herido acostado sobre la espalda.

Examinará bien al accidentado, comprobando si está inconsciente o no lo está, si tiene respiración y pulso, si está herido y presenta hemorragia, si hay fracturas o no. Sabrá que en caso de cese de la actividad cardio-respiratoria se le debe tratar con la mayor prontitud. Y si hay pérdida de conocimiento el accidentado ha podido sufrir un golpe en la cabeza y puede ser que no respire.

No hará más que lo indispensable, tratando las lesiones de la forma más sencilla. Esto facilita la labor al equipo médico en el centro sanitario.

Mantendrá al accidentado abrigado puesto que una persona accidentada pierde calor. La lesión que tenga hace que, si está consciente, tenga sensación de frío. Si estuviera inconsciente la quietud y la lesión le enfriarían.

No dará de beber jamás a un accidentado que esté inconsciente o que presente herida en el abdomen. Si vomitara se le ladeará la cabeza.

Buscará la ayuda necesaria que será la del médico y su equipo, sea 112 o  la del médico más cercano al lugar del accidente y procurará una evacuación y transporte adecuado a cada caso.

El décimo punto y último, que he dejado para el final, deberá tranquilizar al accidentado puesto que si en el lugar del accidente hubiese más de una persona accidentada y una de ellas estuviera muy grave, a punto de fallecer o no, y otro lesionado preguntara por ese accidentado, el socorrista nunca le dirá como está. El decírselo puede acabar con la vida del lesionado, aunque tenga lesiones menores que no hagan peligrar la vida. A esto se le denomina morir de pena, de amor.

Y es que cuando fallece un ser querido, sea por enfermedad o por accidente, los familiares y las amistades más cercanos a él quedan tristes, apenados, notando su falta. Ya lo expresó Jorge Manrique en sus coplas a la muerte de su padre:

Este mundo es el camino

 para el otro,  que es morada

 sin pesar;

 mas cumple tener buen tino

 para andar esta jornada

 sin errar.

      Partimos cuando nacemos

  andamos mientras vivimos

  y llegamos

  al tiempo que fenecemos;

  así que cuando morimos

  descansamos.

Todos cuando nacemos venimos marcados con nuestra fecha de fallecimiento. Como digo yo “nuestra fecha de caducidad”. Y es que la persona que abandona este mundo corta un vínculo muy hermoso de cariño y amor entre los suyos. Aquí deja tristes y apenados a su compañero, a su pareja, a su marido, desde hace casi tres cuartos de siglo. A sus hijos, que ya no sabrán con quien hablar para pedir consejo, para consultar cualquier asunto que les preocupe o para hacerle partícipe de alguna anécdota que les sucediera y quisieran compartirla con su madre. Yo sé que cuando nos dejaste tú no querías, pero alguien comenzó a llamarte y no pudiste resistirte puesto que era tu amado y querido hijo Luis. Ahora habrá comenzado para vosotros una aventura juntos donde estéis. Que hablaréis de muchas cosas,  que observaréis y, a lo mejor, nos guiáis en nuestro quehacer cotidiano. Luis lo habrá hecho desde que nos dejó hace más de diez años con quienes fueron su familia durante poco más de veinticinco años.

La gran mayoría de estos sucesos vienen provocados por una enfermedad que se llama cáncer y que cuando te arrebata al familiar o a la amistad tan íntima te deja en ese sentimiento de angustia y tristeza que al principio de este artículo denominé morir de pena, de amor.

Una de las terapias que es aconsejable hacer para combatir este sentimiento de angustia y tristeza es escuchar música. Para mí la mejor música es la clásica y  de entre todos los compositores destaco a Johann Pachelbel y su obra Canon y así hacer más llevadero este sentimiento de morir de pena, de amor.

Desde muy joven el mundo del masaje me llamó la atención. Hasta 1996 alterné mi trabajo en la administración con mi pasión por el mundo del masaje. A partir de este año me lanzo a la aventura profesionalizando mi afición. Soy consciente de formación continua y es por ello que he realizado cursos que engloban esta profesión y otras terapias alternativas.

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